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22.11.18

En movimiento, v3


En el camino

Dolor. Voces lejanas. Todo se mueve. Golpe. (Pierdo la consciencia). Dolor. Intenso. Bamboleo. Ruedo para un lado. Ruedo para el otro. Golpe. Más dolor. Voces. Se van formando las palabras. «Doblá acá». Otro bamboleo fuerte. Ruedo. Estoy en el piso de una camioneta. Tengo una venda en los ojos pero se corrió un poco y algo llego a ver. Dolor. Dolor intenso. Me duele la cabeza.
—Doblá acá. —como una aguja que se me clava en el cráneo.
Dolor intenso. Y mis manos. Me duelen. Atadas. Duelen y a la vez no las siento. Hormigueo.
—Acá no hay que doblar todavía. —otra voz, otro disparo de dolor, como una resaca intensa—. ¿Para qué tenés el GPS del celular?
Me cuesta entender qué pasa. Estoy en el piso del interior de una camioneta tipo Trafic. Las líneas del piso se me clavan en la espalda y cada vez que dobla, ruedo y me doy contra las paredes. Frente a mí están los dos asientos. Conductor y acompañante, navegante. Me pierdo parte del diálogo porque estoy aturdido.
—A ver: tenés GPS y no sabés ni dónde estamos. Yo conozco el camino. No hay que doblar acá —sonó determinante. Sin conocerlos, puedo darme cuenta de que la cosa viene así hace rato.
—¿Qué dijiste? —como respuesta a algo que tampoco escuché. Mi consciencia va y viene.
El conductor, cada vez más alterado:
—¿Cómo que querés parar para mear? ¡Tenemos que entregarlo a este sin escala!
Hablan más fuerte y me matan con cada frase.
—Loco… no aguanto más. Y el Tano no va a decir nada por cinco minutos más o menos.
—No vamos a parar y se acabó.
—¿Pero qué hacés, pelotudo? —apenas veo que el otro lo está apuntando— ¿Te volviste loco?
—Te dije que vamos a parar y vamos a parar.
—Pará un poquito, che, bajá eso.
—Yo sé que vos te encamaste con la Pochi. Con mi Pochi.
Llego a ver algo a través de la venda. Discuten. Todo se vuelve un gran borrón. Me despierta un disparo. Otro. Mis oídos zumban.
El petiso, el que no manejaba, me saca la venda. Hace un gesto con el índice en sus labios, pidiéndome silencio. Comienza a llamar por un celular.
—‘Cuchame, Tanito. Acá el pibe se nos escapó. (…) Sí, no sé cómo le hizo, pero agarró el fierro del Largo. (…) Sí, no sabés. No sabés cómo lo dejó (casi se le escapa una risa, otra pausa). Mirá, Tano, yo voy a ver si lo puedo agarrar, pero lo que pasa es que el Largo se descuidó mientras (…) Sí, Tanito. No te hagas drama, Tanito, está todo bien.
—Arriba, campeón. Ahora, vos te vas a ir, ¿sí? Te vas a ir y vas a salir corriendo, ¿sí, papi?
Yo no entiendo nada. Tampoco tengo la capacidad anímica de responder. No sé si me va a tirar por la espalda. No sé nada ya. Me abre la puerta lateral de la camioneta y me ayuda a bajar. Comienzo a caminar. No me dispara. Sigo. Me alejo.


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Esta es la tercera versión del segundo trabajo práctico que hice para Taller de Escritura 2. Reescritura. 511 palabras.

En movimiento, v2


En el camino

Las voces pasan lentamente de ser un murmullo inaudible a empezar a tener algo de sentido en medida que la puntada que siento en mi cráneo aparece y se hace más intensa. Empiezo a recordar con mayor claridad el golpe. Me pegaron desde atrás los cobardes.
—Doblá acá. —la voz tiene una cualidad aguda, chillona. Lo que mi cabeza necesitaba.
—Acá no hay que doblar todavía. —La otra voz es grave, impone respeto—. ¿Para qué tenés el GPS del celular?
Empiezo a sentir la presión en mis muñecas. Me ataron los brazos. Las piernas las siento entumecidas, pero no me las ataron. Tengo los ojos tapados pero puedo sentir el piso rígido. Debe ser esa camioneta tipo van que estaba afuera del bar.
—El GPS dice que dobles acá. Doblá.
—A ver: tenés GPS y no sabés ni dónde estamos. Yo conozco el camino. No hay que doblar acá —sonó determinante. Se nota que este problema venía de antes.
Sus imágenes borrosas se forman en mi mente. El grandote pelado y el petiso. Los dos tipos que mandó Salerno. Estaban merodeando por el estacionamiento del bar. Uno se me interpuso, el otro me pegó por la espalda. No llegué a verlo.
— ¿Qué dijiste? —como respuesta a un murmullo que, si él no lo entendió, yo, menos.
Nuevamente no llego a escuchar lo que dijo el de la voz chillona. El de la grave empieza a sonar más alterado en medida que va hablando:
— ¿Cómo que querés parar para mear? ¡Tenemos que entregarlo a este sin escala!
Al fin escucho al de la voz chillona de nuevo. La situación es un polvorín que espera una chispa para explotar. Tengo que ver cómo provocar esa chispa.
—Loco… no aguanto más. Y el Tano no va a decir nada por cinco minutos más o menos.
—No vamos a parar y se acabó. Fijate si se despertó el pelotudo este.
Crujidos del asiento. Se está incorporando. Se me acerca. Me toquetea. Me hago el dormido.
—Sigue dormido. —Suena complacido y agrega —: Parece que le di bien, ¿eh? —Deja escapar una risita. La voz chillona era difícil de soportar, la risa me llena de ganas de matarlo. Es como cuando alguien araña un pizarrón, pero mucho peor.
Le trabo un pie sin verlo. Puro instinto y percepción. Cae hacia el lado del conductor.
— ¿Pero qué hacés, pelotudo? —No le da tiempo a responder— esto se termina acá.
La marcha se detiene de repente. Ruedo hacia ellos. Siento de cerca cómo comienzan a fajarse. Vuelan un par de «te lo buscaste» entre los golpes. Algo como que “la chica” era de uno o del otro, y que cómo que se la fue a robar. Que el Tano siempre le da al uno o al otro las tareas más sencillas. Que la plata. Cada golpe acentúa o interrumpe una oración. Yo lucho con mis ataduras mientras los dos tarados siguen luchando entre ellos.
Justo cuando llego a sacarme el trapo que me cubre los ojos, se detiene la golpiza. La escena comienza a tomar forma. Uno, el petisito, está semi-consciente en un asiento, con el mismo bate de béisbol de aluminio con que me dio anoche en sus manos. El otro, el grandote, está desparramado en el asiento del conductor. No parece que vaya a volver a levantarse. El petiso no está en condiciones de evitar que yo manotee una de las pistolas. Lo apunto y le indico que me alcance el famoso celular.
Me entero de lo tarde que es. Busco el contacto del Tano Salerno y toco para llamar.
— ¿Pasó algo? —la voz ronca de Salerno muestra cansancio. Se nota que espera alguna mala noticia por parte del par de idiotas que despachó para buscarme.
—Tanito… —lo saludo como con entusiasmo, como si fuésemos amigos. —Acá tus amiguitos me llevaban a verte, pero no va a poder ser, ¿sabés? Hoy tenía otra cosa. Pero capaz la próxima… ¿Sí, Tanito? Nos vemos, campeón…
No paro a escuchar su respuesta, pero sí lo dejo escuchar el disparo antes de cortarle. Nos vamos a ver en otra ocasión, pero tendrá que mejorar su personal.


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Esta es la segunda versión del segundo trabajo práctico que hice para Taller de Escritura 2. Reescritura del original. 691 palabras.

En movimiento, v1


En el baúl

Las voces pasan de ser un murmullo inaudible a empezar a tener algo de sentido en medida que la puntada en mi cráneo aparece y se hace más intensa. Si por lo menos hubiese tomado alcohol antes de perder la consciencia. Pero ahora recuerdo con claridad el golpe.
—Doblá acá. —la voz tiene una cualidad aguda, chillona. Lo que mi cabeza necesitaba.
—Acá no es todavía, boludo. —La otra voz es grave, impone respeto—. ¿Para qué tenés el GPS del celular?
—El GPS dice que dobles acá. Doblá, carajo.
—A ver: tenés GPS y no sabés ni dónde estamos. Yo conozco el camino. No hay que doblar acá —sonaba determinante. Ese tono que indicaba que a la próxima le iba a dar como me dieron a mí.
Empiezo a sentir la presión en mis muñecas. Me ataron.
—¿Qué dijiste? —como respuesta a un murmullo que si él no lo entendió, yo mucho menos.
Nuevamente no llego a escuchar lo que dijo el de la voz chillona. El de la grave empieza a sonar más alterado en medida que va hablando:
—¿Seguís con eso de que teníamos que doblar antes? ¡Ya te dije que no!
Al fin escucho al de la voz chillona de nuevo. Se nota por su tono que tiene algo de miedo de expresarse. Pero al mismo tiempo hay una nota de convicción que se deja entrever bajo el miedo. Se ve que el GPS le da la razón nomás. O por lo menos eso es lo que cree.
—Mirá… El GPS dice que teníamos que doblar donde te dije.
—El GPS… Ya te dije clarito que conozco el camino.
Me puedo imaginar la mirada fría. El otro bajando los ojos. Yo también tendría miedo.
—Dejá ese teléfono de mierda. —la amenaza palpable del tipo de voz grave, seguida de una más intensa —: Largá el celular o te cago a trompadas, ¿me entendés? Dejame de joder con eso. Basta ya.
No necesita alzar la voz, queda clarísimo que si el otro vuelve a siquiera respirar muy fuerte, lo va a matar.
—La puta madre, —el tono me adelantó todo— teníamos que doblar.
El otro no salta con un «te lo dije» ni nada parecido, pero le retruca la amenaza con hechos. Quién hubiera dicho que el de voz chillona podía ser tan violento. Comienzo a tirar de las sogas y veo si puedo escaparme del baúl del auto mientras estos dos idiotas se matan.
El diálogo definitivamente terminó, reemplazado por golpes que sacuden al auto entero. La marcha se detuvo también; eso me facilita el escape cuando finalmente logro evadirme del baúl. Arriesgo una mirada a la cabina del coche y veo que ambos están tirados, tal vez inconscientes, en sus asientos. El de la voz chillona, contra mi prejuicio, era más grandote que el otro. Y es el que tenía, originalmente, el bate de aluminio anoche.


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Esta es la primera versión del segundo trabajo práctico que hice para Taller de Escritura 2. La consigna consistía en escribir una situación dramática en que el diálogo escalase el conflicto. 484 palabras.

23.7.18

Tradiciones que vuelven, v2

La Michetto, como le dicen los alumnos, ingresa al aula. Cuando lo hace, se produce un silencio sepulcral. El aula del privado es pulcra aunque sus paredes tienen un toque de color por afiches de trabajos prácticos pasados de otras materias. Algunos bancos también tienen garabatos grabados con puntas de compás o de cúter. Otros dibujados con liquid paper. Este tipo de vandalismo jamás sucede durante su hora. Graziana, la alumna estrella, otros dirían chupamedias, incluso cómplice, cierra la puerta. Una vez cerrada, nadie puede ver qué sucede en ese salón del cuarto piso. En ese momento, si alguien había infringido alguna de las muchísimas reglas de La Michetto, le tocará su castigo. Lucas había tenido la mala suerte de tener la voz más sonora y de hablar justo antes de percatarse de la llegada de la docente. Lo llama. Delante de la clase, con mucho ritual y espectáculo, le propina tres golpes secos con una regla de madera. Se los ubica al costado de una pierna. Si dejan marcas, a Lucas más le vale decir que se golpeó jugando a la pelota. Entre los niños circula una leyenda que cuenta de una chica que osó hablar con otros adultos. Nadie le creyó. Dicen que no la vieron más. Los chicos cuentan que la Michetto la tiene encerrada en el sótano de su casa o que la mandó a una escuela de monjas, muy lejos. La realidad es mucho, mucho peor.

Cuando termina la hora, el alumnado sale de la clase en orden. Otra docente pasa a saludar y observa a su colega. Estiman la edad de la Señorita Michetto en unos cincuenta años, pero se ve tanto más joven, tan llena de vida. Su figura es perfecta. Su rostro parece de porcelana. Cuando habla, de vez en cuando se le escapa algún término muy docto, podemos decir arcaísmo. Habla con tiempos compuestos, enfatizando la diferencia entre la v corta y la b larga y la diferencia entre la elle y la ye. Su ortografía es perfecta, salvo cuando se descuida y tilda algún fue, fui, vio o dio. Sus colegas la envidian y admiran en medidas similares. ¡Cómo le hacen caso sus alumnos! ¡Qué buenas notas suelen tener en historia! Cuando la observan dando clase se maravillan con su erudición en materia de historia, la materia principal que da. Cuando relata ciertos eventos, por ejemplo la epidemia de fiebre amarilla en la ciudad de Buenos Aires, se podría decir que los vivió. Pero no le quedaron secuelas.

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Esta es una reescritura del primer trabajo para Taller de Narrativa 1 de Licenciatura en Artes de la Escritura que publiqué aquí hace unos meses.

Arrastrados por el viento, v3 "Los que el viento se llevó"


Los que el viento se llevó

Sarah Kay era una mujer que lo había perdido todo. Como muchos de nosotros durante aquellos días. Esos días de tormentas de polvo, los bancos se apropiaban de todo y sus asaltantes se convertían en héroes populares. Pero no había héroes en la vida de gente como Sarah. Todos los que contamos su historia coincidimos en que ella salió temprano de su casa esa mañana en que el banco la iba a desahuciar. Llevaba con ella a su hijo Billy y una vieja valija. En algún momento, esa valija hubiera podido servir para un viaje de vacaciones a Nueva Orleáns o St. Louis. Pero en esas circunstancias, debería servir para acompañar a ambos en el largo camino hacia el Océano Pacífico y la esperanza de trabajo en el estado de California.

A medida que caminaban, uno o el otro tropezaban ocasionalmente con las piedras que se asomaban a mirar el cielo azul. Faltaría poco para verlo ennegrecido por el polvo de otro black blizzard. La valija, a veces a su lado, a veces por sobre sus hombros. Su contenido era inmensamente valioso: una o dos mudas de ropa, las últimas pertenencias que le quedaban a ella y a Billy, y especialmente la foto. La imagen enmarcada mostraba a Sarah Kay y a Billy cuando todavía era un bebé, junto a Dick, frente a la abundante cosecha de 1927. Los adultos sonreían. El bebé tal vez sabía algo que ellos aún ignoraban.

Sarah se detuvo un instante a respirar y a secarse el sudor de la frente y posiblemente pensó en su marido muerto. Dick se había calzado el sombrero una noche y había ido a jugarse al póker los últimos dólares de la familia a un bar como éste. Tuvo suerte un par de manos y un parroquiano lo acusó de tramposo. Comenzaron a discutir. Todos estaban bebiendo este mismo whisky que le agradezco. Casi todos estaban armados también. No hace falta aclarar cómo terminó el asunto. Creo que en eso pensaba ella en ese momento.

Sarah reanudó su camino bajo el sol abrasador. Cada paso se hacía más difícil. El niño por momentos se quedaba atrás. Le costaba mucho respirar. Sarah se volvía hacia él, intentaba ayudarlo. Cada paso los acercaría un poco más hacia California. Al océano. A la promesa de trabajo. Ella tal vez se podía vislumbrar ganándose el pan, pudiendo llevar a Billy a un médico para que viera sus pequeños pulmones llenos de ese negrísimo polvo. Tal vez se imaginaba una casita frente al océano, donde la foto, desde una repisa, recibiría las últimas caricias del sol que se ahogaría en el Pacífico.
Tropezó con una grieta en el asfalto, justo en un cruce de caminos. La valija cayó al piso. Desesperada, fue a ver que el vidrio de la foto no se hubiese roto. Cuando levantó la vista, antes siquiera de voltearse a ver si Billy estaba bien, lo vio a él.

Yo estaba a la distancia, acampando con otros buscavidas. Nuestra existencia no difería mucho de la de Sarah, aunque lo habíamos perdido todo mucho antes. Cuando nos reuníamos a contar historias frente al fuego, una recurrente era la del diablo que se le aparece a la gente. Siempre te ofrece algo y siempre te pide algo a cambio.

Yo los venía siguiendo, a la distancia, con la mirada. Hasta que lo vi. El ser que estaba frente a Sarah parecía, desde lejos, un banquero, un tipo refinado proveniente del Este, bien vestido. Aún ahora, tantos años después, tras la tercer ronda de whisky que le agradezco, y brindando por el viejo Roosevelt, que desde su silla de ruedas nos gobernaba durante aquellos sombríos días, me es imposible olvidar esa mirada. Vea, esa cosa me miró a mí durante un instante y se me congeló la sangre.

No escuché bien qué le dijo a Sarah, pero los vi forcejear por el contenido de esa valija y empecé a acercarme lo más rápido que pude. Sí llegué a escuchar su resonante no. Esos ojos enfurecidos por la negativa, puedo jurar que de ahí vinieron todas las tormentas de polvo que azotaron esta gran nación. En ese mismo momento, sentí el olor al polvo en el aire, el ruido de los truenos. Y parecía que se venía el fin del mundo. Cuanto la tormenta pasó y pude llegar a ellos, él no estaba más. Posiblemente se había ido con la tormenta infernal. Las figuras de Sarah Kay y de Billy, que ya no respiraban pesadamente, yacían sobre el pavimento, cubiertas de polvo. La mujer estaba firmemente aferrada a su hijo y a esa vieja valija.


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Esta es la tercerca versión de un cuento que publiqué hace poco, el segundo trabajo práctico para la primera materia práctica de la carrera de Licenciatura en Artes de la Escritura que empecé a cursar este año. El trabajo acá era corregir el cuento teniendo en cuenta observaciones recibidas. Reciclé gran parte de la versión anterior y le puse un nuevo título. 770 palabras.

6.6.18

Arrastrados por el viento, v2


Sarah Kay era una mujer que lo había perdido todo. Como mucha gente en esos días. Esos días de tormentas de polvo, los bancos se apropiaban de todo y sus asaltantes se convertían en héroes populares. Pero no había héroes en la vida de Sarah. La mañana en que el banco la iba a desahuciar, ella salió temprano de su casa, llevando con ella a su hijo Billy y una vieja valija. En algún momento, esa valija hubiera podido servir para un viaje de vacaciones a Nueva Orleáns. Ahora, debería servir para acompañar a ambos en el largo camino hacia el Océano Pacífico y la esperanza de trabajo en el estado de California.

A medida que caminaban, uno o el otro tropezaban ocasionalmente con las piedras que se asomaban a mirar el cielo azul. Faltaría poco para verlo ennegrecido por el polvo de otro black blizzard. La valija, a veces a su lado, a veces por sobre sus hombros. Su contenido era inmensamente valioso: una o dos mudas de ropa, las últimas pertenencias que le quedaban a ella y a Billy, y especialmente la foto. La imagen enmarcada mostraba a Sarah Kay y a Billy cuando todavía era un bebé, junto a Dick, frente a la abundante cosecha de 1927. Los adultos sonreían. El bebé tal vez sabía algo que ellos aún ignoraban.

Sarah se detuvo un instante a respirar y a secarse el sudor de la frente y posiblemente pensó en su marido muerto. Dick había ido una noche a jugarse al póker los últimos dólares que les quedaban a ver si tenía un golpe de suerte. Intentó generarse la suerte con un par de ases en la manga. Pero esa jugada no sólo le costó sus últimos dólares, sino también su vida. La mujer continuó caminando bajo el sol abrasador. Cada paso, más difícil. El niño por momentos se quedaba atrás. Le costaba mucho respirar. Sarah se volvía hacia él, intentaba ayudarlo. Cada paso los acercaría un poco más hacia California. El océano. La promesa de trabajo. Ella tal vez se podía vislumbrar ganándose el pan, pudiendo llevar a Billy a un médico para que viera sus pequeños pulmones llenos de ese negrísimo polvo. Tal vez se imaginaba una casita frente al océano, donde la foto, en una repisa, recibiría las últimas caricias del sol que se ahogaría en el Pacífico.

Tropezó con una grieta en el asfalto. La valija cayó al piso. Desesperada, fue a ver que el vidrio de la foto no se hubiese roto. Cuando levantó la vista, antes siquiera de voltearse a ver si Billy estaba bien, lo vio a él.

Yo estaba a la distancia. Acampando con otros buscavidas. Nuestra existencia no difería mucho de la de Sarah. Sólo que lo habíamos perdido todo mucho antes. Yo los venía siguiendo con la mirada hasta que lo vi. Cuando nos reunimos a contar historias frente al fuego, una recurrente es la del diablo que aparece en los cruces de caminos. Siempre te ofrece algo, y siempre te pide algo a cambio. El ser frente a Sarah parecía un banquero, un tipo refinado proveniente del Este. Pero sus ojos nunca los podré olvidar. No eran ojos humanos. Aún ahora, tras la tercer ronda de whisky, y brindando por el viejo Roosevelt que desde su silla de ruedas nos gobernaba durante aquellos sombríos días, me es imposible olvidar esa mirada.

No escuché bien qué le dijo, pero creo que le ofreció llegar a California en un día por la vida de su hijo moribundo y por el contenido de esa valija. Sí llegué a escuchar su resonante no. Esos ojos enfurecidos por la negativa, puedo jurar que de ahí vinieron todas las tormentas de polvo que azotaron esta gran nación. En ese mismo momento, sentí el olor al polvo en el aire, el ruido de los truenos. Y parecía que se venía el fin del mundo. Cuanto la tormenta pasó y pude acercarme a ellos, él no estaba más. Posiblemente se había ido con la tormenta infernal. Las figuras de Sarah Kay y de Billy, que ya no respiraban pesadamente, yacían sobre el pavimento, cubiertas de polvo. La mujer estaba firmemente aferrada a su hijo y a esa vieja valija.

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Esta es la segunda versión de un cuento que publiqué hace poco, el segundo trabajo práctico para la primera materia práctica de la carrera de Licenciatura en Artes de la Escritura que empecé a cursar este año. El trabajo acá era reescribir el cuento teniendo en cuenta observaciones recibidas. Nuevamente, lo escribí en algo menos de una hora. 704 palabras.

17.5.18

Arrastrados por el viento


Por aquellos días, los asaltantes de bancos eran héroes populares. Porque los bancos nos habían quitado todo. A veces, sólo era todo lo que nos había tomado una vida construir con nuestras manos. A veces, nuestra vida misma. A veces, hasta nuestra dignidad.

Me contaron la historia de Sarah Kay y de su pequeño Billy de diversas maneras. Me cuesta creer muchos de los detalles, pero intentaré relatar los hechos del modo más coherente que pueda.

Roosevelt no llevaba ni dos años en el Despacho Oval por aquellos días, pero Sarah Kay ya lo había perdido todo para entonces. Bueno, no todo, hasta ese momento. Tenía su propia vida y la de su hijo, el pequeño Billy. Y también tenía una valija con las pocas pertenencias que les quedaban en este mundo. Hay quien dice que Dick, su marido, la había abandonado. Otros dicen que se suicidó. También están quienes dicen que lo mataron por intentar hacer trampa en un juego de póker. Según esta versión de la narración, Dick habría intentado convertir los pocos dólares que le quedaban en el dinero suficiente para irse con su familia a California, pero en su desesperación, había intentado cartearse. Y cuando lo descubrieron, eso le costó la vida.

La parte interesante del relato comienza, sin embargo, con Sarah y su pequeño que se alejan de la granja, ya propiedad del banco. La mujer llevaba consigo una vieja valija sobre los hombros. En ella, un poco de ropa, algún adorno y una fotografía enmarcada de la familia frente a la cosecha de 1927. Ese había sido un muy buen año para ellos.

El hijo de ambos se aferraba a ella a medida que avanzaban. El silbido de sus pulmones, junto con el sonido de sus pasos y el viento incesante, eran lo único que podía oírse. El niño tosía, en un intento vano de sacarse el polvo de los pulmones.

Él los observó a la distancia. Algunos, los más fantasiosos, una vez que han bebido la tercera o cuarta ronda de whisky, dicen que estaba hecho de viento y de polvo. Un wendigo, dicen. Otros dicen que se veía como un vendedor ambulante, o un banquero. Pero nadie afirma que aquel personaje haya sido un ser humano. La estaba esperando. Las solapas de su saco se sacudían violentamente y ella no era capaz de sentir su olor a polvo o a azufre porque el hombre estaba contra el viento. Su voz sonaba como uñas que arañan un pizarrón. Sus palabras, simples. La mujer podía irse, pero tenía que dejar la valija. Él afirmó que la valija le pertenecía. Una vieja deuda de su marido. El niño comenzó a toser más fuerte que nunca, ya que el viento comenzó a llevar más polvo a sus pulmones. Las carpas de los migrantes habían quedado muchas millas atrás, y ni hablar de alguna edificación de madera. No había refugio para ellos, y estaban en medio del viento negro. Sarah hubiera tenido la boca seca aún en un día soleado. Entendía perfectamente lo que estaba pasando. Lo único que le quedaba era perder. Como su marido, como su hijo. El silbido del viento había tapado el de su respiración para siempre.

Sin poder derramar ni una lágrima por sus ojos resecados por el viento, dijo una palabra solitaria que su interlocutor pudo escuchar como si hubiesen estado en la sala silenciosa de su hogar abandonado. Una palabra firme, estoica, llena de orgullo. No. Cuando encontraron el cuerpo de Sarah Kay, estaba aferrado al de su hijo y a la valija que
contenía la promesa de un futuro mejor.

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Este cuento es el segundo trabajo práctico para la primera materia práctica de la carrera de Licenciatura en Artes de la Escritura que empecé a cursar este año. El objetivo era escribir un relato en base a una fotografía, que tuviese un conflicto y que el narrador estuviera dentro del mundo pero no fuera protagonista. Lo escribí en algo menos de una hora. 600 palabras.

26.4.18

Tradiciones que vuelven

Graziana le entrega un TP que tiene de Lorem ipsum y de copypasta de Wikipedia. La Señorita Michetto le pone un 8, porque Graziana es una buena alumna y la Seño sólo lee los trabajos de sus malos alumnos, para defenestrarlos con sus comentarios, y algo más. En el mundo adulto, la Señorita es la docente perfecta: cumple con su trabajo a rajatabla, nunca se queja, hace horas extra, llena con perfección el papeleo y siempre entrega todo a tiempo. Sus alumnos, con las obvias excepciones de siempre, son ejemplares. Ella jamás ha participado de una huelga docente.

Pero cuando preguntás un poco más, nadie sabe bien hace cuánto trabaja. Ni cuál es su carga horaria. Y es seguro que nadie sabe que viene ejerciendo su oficio desde que lo habitual era desempeñarlo en casas privadas en lugar de instituciones públicas.

La Michetto, como le dicen sus aterradas víctimas de 6° grado a 3° del secundario, tiene otro secreto. Me pregunto si sería más controversial, si saltase, que su avanzadísima edad e incomparable experiencia: La Michetto les pega a sus alumnos. Siempre lo hace de modo sutil, siempre en lugares sin marca visible. Siempre fuera del alcance de la vista de otros adultos. Los niños, por supuesto, no son estúpidos. No es que no saben que lo que hace la docente es ilegal, e incluso que se supone que está mal visto por el mundo adulto. No es que no saben que si hablasen, la cosa se haría viral en internet. Pero saben con certeza que si abren la boca, las consecuencias que les esperan son mucho peores.

Los chicos se susurran el caso de Martín B. (me veo obligado a omitir su apellido). Martincito, como le decía la mamá, era un pibe bueno. Las madres siempre dicen esas cosas, pero hasta donde sé, acá era así. Pero tenía malas notas, y le iba especialmente mal en Lengua. La Michetto más de una vez le dio un correctivo, para enseñarle las reglas de las tildes. Es-drú-ju-la. ¿Entendés? Cada sílaba, un golpe. Cada golpe, más intenso. El pibe iba a hablar. Todas las versiones coinciden en eso. La Michetto le advirtió que no hablara. Acá las versiones derivan locamente, desde que se quedó mudo y perdió la capacidad de escribir, ¡al mismo tiempo!, hasta que apareció muerto de quince maneras distintas. El caso es que los pibes no hablan. Y Michetto puede seguir ejerciendo, porque, en el fondo, bien en el fondo, los padres quieren que lo haga. Si no me creés, leé los comentarios.

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Este cuento surge de un trabajo práctico para la carrera de Licenciatura en Artes de la Escritura que empecé a cursar este año. El objetivo era esbozar un personaje con ciertas características en un cierto espacio. Una vez que empecé a escribir, me costó mantener la longitud y tuve que cortar mucho, pero siempre es interesante tener estos límites. Primer borrador. Escrito y "editado" en unos 40 minutos.