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26.10.20

Primer relato para el 3º Mundial de Escritura

La mesa 15

Eduardo estaba llegando tarde al cumpleaños. Se bajó del taxi con ese tradicional gesto cinemático de dejarle el vuelto al tachero y enfiló hacia la puerta del tradicional salón de fiestas. Lo recibió un empleado trajeado y, de fondo, la cabeza de un alce, doble víctima; de algún cazador y luego un taxidermista. 

—Vengo para la fiesta de Feyman,—le dijo al empleado—soy Eduardo Mandelbaum.

Mandelbaum, Mandelbaum, Mandelbaum, repetía el portero mientras revisaba la listita. Eduardo se puso a pensar en tabletas, códigos QR y esas cosas. Pero sin duda, esto tenía ese regustito de lo tradicional. De esa ineficiencia tradicional tan... rústica. Tan simpática. ¡Mandelbaum! La exclamación del tipo lo volvió a la realidad.

—Acá está, mesa 15. Ya le indico—la útima o se estiró un poco, como si el portero no estuviera del todo seguro. Capaz era nuevo—.

Efectivamente, le fue a preguntar a otra chica, con una pinta y con esa seguridad de que venía laburando hace tiempo ahí, y volvió, sonriente. Condujo a Eduardo a su mesa. Nadie más estaba sentado. Las otras mesas, casi llenas. Eduardo agradeció al portero y le dio una propina. No sabía si correspondía o no, pero no quería quedar mal. Feyman y sus amigos eran gente que se fijaba mucho en esas cosas. Si había algo que Eduardo no quería, era quedar mal con Feyman. El portero se vio sorprendido pero aceptó gustoso la propina.

Eduardo se sentó a la mesa, completamente solo. Frente a él, un cartelito: Eduardo E. Mandelbaum. Miró los otros cartelitos. No conocía a nadie. Casi todos hombres, una mujer. Elvira Romero. Elvira, qué nombrecito. Pensó automáticamente en la tetona de la tele que presentaba pelis de terror. ¿Cuántos años tendría esa mujer ahora? Capaz que ya estaba muerta y todo. No pudo evitar pensar en Moria Casán, en Silvia Süller. La siguiente en caer fue, efectivamente, Elvira. La piba (tendría 25 años como mucho) distaba años luz de lo que había imaginado Eduardo. Ni vieja, ni tetona, ni vedette, ni nada. Pálida, poco maquillaje, anteojos enormes, pelo lacio rubio con un flequillo. Ropa austera, nada extravagante.

Elvira se presentó, lo saludó. Él se presentó. Ella le pidió disculpas por llegar tarde. Siempre llegaba tarde, le dijo. A esto, todas las otras mesas estaban llenas. Los mozos y camareras comenzaron a servir la comida, pero estratégicamente evitaban pasar o incluso cruzar miradas con Eduardo y Elvira. Eduardo notó que, efectivamente, al cabo de algunos minutos, todas las mesas estaban servidas con las entradas y las bebidas (generalmente vino, a veces cerveza, gaseosas o incluso agua mineral con o sin gas) salvo la de ellos. Nadie se acercó ni a traer bebidas. Nada.

Veinte minutos más y cayó un tipo. Medio gordo, medio pelado. Eduardo pensó en George Costanza de Seinfeld. Se presentó como Esteban Galimberti. Eduardo miró los cartelitos y se cercioró que de no, no todos los nombres empezaban en e. Igual era una coincidencia rara. Galimberti les preguntó por la comida, por la bebida. Elvira y él respondieron que no sabían nada. ¿Qué podían saber? Unos minutos antes, Elvira había intentado en vano llamar la atención de uno de los mozos. Era como si la mesa 15 era invisible. Para cuando llegó el cuarto invitado de la mesa 15, Alberto Guerra, Eduardo vio pasar a la chica que le había indicado la mesa al portero, y trató de captar su atención. Con mucha gracia y decoro, ella evitó completamente sus intentos de comunicación y siguó en la suya.

Ya estaban sirviendo los platos principales, y la mesa 15 estaba a media capacidad de comensales, y sin bebida, comida, ni nada más. Ni panera, ni grisines, ni manteca, ni nada. Vasos y platos vacíos, servilletas, cubiertos. Toda esa gilada, pero nada para consumir. Cuando estaban sirviendo los postres cae el quinto invitado de la 15, Miguel Manetti, que directamente preguntó por la comida. Por supuesto, ni Eduardo, ni Elvira, ni Esteban, ni Alberto sabían nada. Lo único que sabían era que todos conocían a Feyman de un modo u otro, y que todos llegaban crónicamente tarde a todos lados. Eduardo había procurado llegar a tiempo esta vez, como todas las otras, pero no había llegado. Salvo Elvira, a los otros les importaba muy poco la puntualidad en general. Cuando levantaron los postres, Eduardo decidió irse, y al salir se cruzó con uno que llegaba para la 15, casi dos horas tarde.

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Participé del 2º Mundial de Escritura y actualmente estoy participando actualmente del tercero. Este relato responde a la primera consigna.

22.11.18

Tetera Tornasol, un delirio cyberpunk


Tetera Tornasol

Chito me explicó que en su interior la tetera tenía incrustada una cápsula con unos hongos que no morían ni por exposición al agua hirviendo. La infusión que salía de la tetera generaba visiones que invariablemente parecían mostrar el futuro. La vieja que me contrató para recuperarla no me había explicado la importancia de la tetera. Empezó hablándome del policía muerto, la explosión del edificio y los otros eventos que al principio parecían inconexos. Camino a su residencia, desde mi vétol (de VTOL, por “Vertical Take-off and Landing”) me cayó la ficha. No le dio importancia a la tetera porque sabía que si lo hubiera hecho, yo le habría cobrado más. Pero yo tenía la tetera en mi poder mientras iba camino a verla.

En eso, en la pantalla principal del vehículo, el trillado mensaje de los representantes de la ley. Levanté la vista y vi dos patrulleros atrás, uno delante, formando un triángulo, rodeándome. Chito me había advertido acerca de esto. En las redes policiales se batía que yo había matado al yuta. Tal vez la vieja tenía algo que ver con ese rumor.

Con el habitual movimiento gestual, indiqué a la computadora central del vétol que respondiera. Les dije a los yutas que iba a descender según el protocolo. Cuando se dieron cuenta del truco, también descubrieron cuán tuneados estaban los motores de mi modelo T. No tenían chance de alcanzarme. Los dejé atrás en unos pocos minutos. Uno de los patrulleros atrás mío se llevó puesto todo un decimoctavo piso. Se iban a comer un flor de juicio por eso. Y a mí, si me llegaban a agarrar, me iban a matar “por resistirme al arresto”, fija.

No sé por qué lo hice, pero le tiré algo de agua de mi termo a la tetera, y serví de esa agua pasada por hongos locos en mi mate. Al principio, no sentí nada anormal. A los instantes, escucho zumbar las balas. Un mar de ratis de riguroso negro con ametralladoras, buscando venganza. Abrí el parabrisas del vétol y sentí cómo el aire húmedo y helado se metía y me golpeaba la cara. El frío de la noche lluviosa hizo que se disipasen las balas. Veo la cara de la vieja. Sorna. Risas. Llanto. Todo mal. Fuego en el hogar. Un perro. Un setter irlandés que se sobresalta. La textura de su pelo en mi mano sintética. Puedo sentirla como en la otra mano. Como si el plástico y la goma pudieran sentir. Luces. La voz del vétol me anunció que llegué a destino. Los últimos kilómetros los había hecho a través de dirección automática mientras yo flasheaba.

Deje el auto en la azotea de la casa. Al lado había otros varios vétoles, muy lujosos. Carísimos. La vieja iba a tener que ponerse. No se la iba a dejar pasar así nomás. Cuando salí del coche, la lluvia se intensificó. Me recibió un sirviente. Completamente sintético. La voz estaba casi perfectamente lograda. Me pregunto si esas microfallas son para que se note que son sintéticos. Este, casi, casi parecía humano, pero estaba demasiado pulcro, incluso para ser un sirviente de una vieja millonaria.

La vieja, dueña del único grupo de multimedios del país, estaba varios pisos más abajo. Pasé por varios controles y tuve que dejar mis armas, salvo la pistola plástica que forma parte de mi pierna derecha. El diseño de Chito superó los escáneres y las capacidades del sirviente. Mi mano sintética, pintada para hacer juego con la pierna, empuñaba firmemente la tetera. El sirviente venía intentando en vano que se la alcanzara. El ascensor se detuvo en el piso elegido por el sirviente. Justo antes de que se abrieran las puertas, sentí otro eco. Veo a los canas de negro. Oigo la risa. Veo mi sangre. Forma un charco creciente en la alfombra frente al hogar mientras el perro se acerca. Salí del ascensor.

Mi pantalla ocular mostró una rápida lectura e informe del piso. Por mi escáner retinal pude ver varios sicarios escondidos, apostados ahí por si la negociación se iba al carajo. Ella estaba sentada frente al hogar con el setter a sus pies. El perro levantó la cabeza hacia mí, mirándome como con cariño. Examiné la situación. No podía dar cuenta de todos ellos sólo con la pistola en mi pierna. Mierda. Iba a tener que darle la tetera por las buenas. Me di cuenta que la risa que resuena no es de la vieja. Es mi risa. La vieja está aterrorizada. Los de negro no son canas, sino sus sicarios. Entendí qué me tocaba hacer. Me reí porque la vieja esta vez no se va a salir con la suya. Cagué a tiros la tetera con la pistola que estaba alojada en mi pierna. Luego las visiones se hicieron realidad.

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Escribí este "delirio cyberpunk" para un concurso de cuentos de un grupo de Facebook. No fue muy exitoso pero me gustó escribirlo. 800 palabras. Ambientado en el mismo universo de mis dos novelas sin terminar (todavía).

15.3.11

American Tango

It had been snowing like dandruff falling from the sky earlier that day. But the sky was clear then, a few clouds, that’s all. You could even see the sun shining through. The sun, bringer of life, almost gone during that long Winter. A promise of Spring, of better days yet to come. But that was some unforeseeable future. This was now. And now sucked. Now meant one gray day after another, one fucked-up moment after another. 

Jack couldn't even read. The stress had turned into some sort of ADHD. Mrs Visa and Mr MasterCard kept calling every single day, asking, cajoling, threatening. Pay now, asshole. We don’t give a fuck you don’t have a job. That's your own fault. The landlord wasn't as punctual, but was equally effective. Next week you’re out, mark my words. Pay up or be gone.

Reading had been Jack's favorite pastime. He loved reading everywhere. At his former job —he worked the graveyard shift, so nobody could tell—, on the bus, at home. He just loved those paperbacks. The thin, cheap gray paper would yield, give up the stories within. Ah, the stories. He loved everything. He bought three or five novels a week. They'd stack in huge, gravity-defying piles in his room. At some point, he could no longer afford them, so he went to the public library. The old lady there was friendly enough.

At some point it was clear nobody would hire him. Then he became a prisoner of the building, a recluse in his own room. Well, “own” was a relative term. He was about to be evicted. But they couldn’t evict him if the bolts and locks were in place, or so he thought. Well, he feared they'd probably evict him anyway, but he lied to himself to get a semblance of peace of mind.

He had disconnected the phone and had stopped looking at his mail. His curiosity got the better of him at times, and when it did, he'd suffer. More and more threats in big bold red letters. “OVERDUE. LAST WARNING” “PAY UP OR DIE,” it could’ve said as easily. So, reading had become scary. And the stress had pushed its way into his ability to read. He couldn't concentrate. He couldn't enjoy the stories anymore. They’d gone back to being just blots of cheap ink on gray paper. The authors, former magicians who had Jack travel to all sorts of worlds, were just names now. The winter had come all right. And it was there to say. It's cold, it's merciless, and it's going to last all your life. His creditors, Jack decided, were like the winter.

When it was clear that the stories could no longer give life, he stacked the books against the door. He built a barricade. They would not get him out. At this point, the bell wouldn’t stop ringing at certain moments of the day. The landlord would knock on the door time and again, and would threaten him. Jack no longer turned his lights on. He would just lie on his bed. Waiting. He'd stopped eating at some point. How many days ago, he wouldn't know. He was holding his position. He didn't know if he'd survive the siege.

When was it? He certainly didn't know. It was definitely night time. He felt an urge to go out. He walked up to the door. The piles of books were there. From floor to ceiling. His trenches. He started to throw down a few of the piles.

A rustle outside.

Was it the landlord?

He panicked and froze in position. He was as motionless as the nameless killer in the Telltale Heart. Minutes passed, slowly, as agonizing snails, like a drop of fear-laden sweat that just won’t slide down. How long had it been? He couldn't tell. His mind was no longer running on regular. Lead-poisoning. Random, scattered thoughts. And cold air seeping in through a crevice. At some point, Jack snapped back to reality. He decided it was best to go back to bed. He was certain his landlord was lurking outside.
And he dreamed.

His dreams were usually nightmares of anxiety, but not this one. Horrid and pleasant smells dragged him down a thousand heavens and hells. Then he got there. A land of Spring. Prairies of Hope extended as far as the eye could see. And his eyes were no longer tired. A storyteller telling stories to greedy children. The sun shone in all its splendor. Warmth. Jack's skin would breathe again. Blissful release. He looked at his skin. No longer was it pale. No longer could he see his ribcage when he lifted his shirt. He told the children stories, and they loved him for it. He knew more stories than all of the tale-spinners that had come before combined. He was the sage, the ultimate lord of stories, father of the tale. The children's hero. He felt grand. He found a place he loved, where he was loved.

The bricks are dark maroon. The building walls are adorned by dozens of windows. Behind each, a hundred stories. As we approach the building we see some windows lit, some others dark. We can hear the sounds of people arguing, children playing, love making. We can smell a hundred different spices. Life. The rank odor of death. Spoiled milk, rotten eggs, and the body in 8E. They're going to tear down the door today. They expect to find him hanging from the ceiling, or perhaps swimming in his own blood in the bathtub. They certainly don’t expect to find him lying on his bed, a placid smile and his eyes closed, like sleeping. Some deaths are worse than others. Death is as certain as taxes and credit cards, phone and utility bills. Employment is quite less certain, and happiness, less certain still. Sometimes there is happiness in death. Sometimes, words are just blots of black on cheap paper, sometimes they’re magic, they conjure a better world.

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This post was created because of the Flash Fiction Challenge posted by Chuck Wendig on his blog. The story is exactly 1000 words long, or so MS Word tells me, and I wrote it in about one hour (not that that matters to the challenge conditions).